NOVELA GANADORA DEL PREMIO BOOKER INTERNACIONAL 2020.

Yo tenía diez años y no me quitaba el abrigo. Aquella mañana,
madre nos embadurnó uno por uno con pomada de cebolla contra
el frío; la sacaba de una lata amarilla de Bogena y, por lo visto, era solo
para grietas, callos y unos bultos parecidos a coliflores que les salían a las vacas en las ubres. La tapa de la lata estaba tan pringosa que
solo la podías hacer girar agarrándola con un trapo; olía a las ubres
estofadas que madre a veces cocía sobre el fogón, en una olla con
caldo, cortadas en lonchas gruesas sazonadas con sal y pimienta, y
que me daban el mismo asco que aquella pomada apestosa sobre
mi piel. Aun así, madre nos pasaba sus gruesos dedos por la cara
como cuando toqueteaba un queso para valorar si la corteza ya se
estaba curando. Nuestras mejillas pálidas brillaban a la luz de la
bombilla de la cocina, llena de caca de mosca. Hacía tiempo que
tendríamos que haberle puesto una pantalla, una bonita pantalla
de flores, pero siempre que veíamos alguna en el pueblo, madre
decía que quería seguir buscando un poco más. Ya llevaba así tres
años. Aquella mañana, dos días antes de Navidad, todavía notaba
sus dedos pringosos en las cuencas de mis ojos; por un momento
había temido que apretase demasiado fuerte, que me hundiese los
globos oculares y rodasen hacia dentro como canicas. Que me diT-La inquietud de la noche.indd 13 2/3/20 12:44
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jese: «Esto te pasa por ir siempre despistada y no estar atenta como
una buena creyente que alza los ojos a Dios como si el cielo pudiera abrirse en cualquier momento». Pero aquí el cielo solo se abría
si se presentaba alguna borrasca, no había motivo para quedarse
mirádolo como una boba.
En el centro de la mesa del desayuno había una cestita de
mimbre cubierta por una servilleta de angelitos que se cubrían la
entrepierna con una trompeta o una ramita de muérdago; ni sosteniendo la servilleta frente a la bombilla pude ver qué había debajo, aunque me imaginaba que debía de ser algo parecido a una
loncha de mortadela enrollada. Madre había ordenado el pan sobre las servilletas de papel: blanco, integral con semillas de amapola y panetone, sobre cuya corteza había vertido azúcar glas con
mucho cuidado; parecía la primera leve nevada que había caído
aquella misma mañana sobre los lomos de las vacas blancas de
Groningen, de raza Blaarkop, antes de que las guardásemos. El
clip de la bolsa del pan estaba siempre encima de la caja de las galletas, porque si no lo perdíamos, y a madre no le gustaba ver un
nudo en la bolsa.
— Primero salado y después dulce — dijo, como de costumbre.
Esa era la regla: así nos haríamos grandes y fuertes, tan grandes como el gigante Goliat y tan fuertes como el Sansón de la Biblia. Además, siempre teníamos que bebernos un vaso grande de
leche, que solía llevar ya un par de horas fuera del tanque y estaba
tibia; a veces incluso tenía una capa amarillenta de nata que se te
quedaba pegada en el paladar si no te la bebías deprisa. Lo mejor
era dar sorbos grandes con los ojos cerrados, algo que madre consideraba irrespetuoso, a pesar de que la Biblia no dice nada sobre
beber leche demasiado rápido o demasiado despacio, ni sobre probar o no el cuerpo de una vaca. Cogí una rebanada de pan blanco
de la panera y la dejé en el plato, boca abajo, de manera que parecían las nalgas pálidas de un niño pequeño, especialmente cuando
las untabas de crema de cacao hasta la mitad, una idea que a mis
hermanos y a mí nos parecía muy graciosa. Siempre decían: «Otra
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vez vas a lamer un culo lleno de mierda». Pero antes de poder comer la crema de cacao tenía que comerme lo salado.
— Si dejas peces de colores demasiado tiempo en un cuarto
oscuro se vuelven blancos — susurré a Matthies mientras me ponía
seis lonchas de salchicha cocida de modo que no se saliesen de los
bordes del pan. «Tienes seis vacas y dos van al matadero. ¿Cuántas
quedan?» Oía mentalmente la voz del maestro con cada bocado
que daba. No sabía cuál era el motivo que tenía para combinar
aquellos estúpidos problemas matemáticos con la comida (manzanas, pasteles, triángulos de pizza y galletas), pero, al parecer, aquel
hombre había abandonado la esperanza de que yo llegase a aprender cálculo jamás, o de que mi libreta fuese a estar alguna vez blanca como la nieve, sin tachaduras rojas. También me había costado
un año aprender a entender las horas del reloj: padre pasó horas y
horas conmigo en la mesa de la cocina, con el reloj de práctica de
la escuela. A veces lo tiraba al suelo, frustrado, de modo que el
mecanismo se salía de su caja y sonaba sin parar, y las agujas a veces se convertían en lombrices como las que desenterrábamos con
un rastrillo detrás del establo para ir a pescar. Si las agarrabas entre
el pulgar y el índice, se retorcían como locas y no paraban de moverse hasta que les dabas un par de golpes. Entonces se quedaban
quietas en la mano y eran exactamente como los gusanos de fresa
de la tienda de chucherías de Van Luik.
— Cuchichear es de mala educación — dijo Hanna, mi hermana pequeña, que estaba sentada al lado de Obbe, delante de mí.
Cuando algo no le gustaba, movía los labios de izquierda a derecha.
— Algunas palabras son demasiado gordas para tus orejitas,
no te cabrían — dije con la boca llena.
Obbe revolvió aburrido su vaso de leche con el dedo, retiró la
capa de nata y se limpió el dedo rápidamente en el mantel. La nata
quedó allí pegada como una especie de moco blancuzco. Era asqueroso, y yo sabía que muy posiblemente al día siguiente le darían la vuelta al mantel y volverían a ponerlo; de ser así, me negaría
a colocar mi plato sobre la mesa. Todos sabíamos que las servilleT-La inquietud de la noche.indd 15 2/3/20 12:44
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tas eran meramente decorativas y que después del desayuno madre las alisaría y las volvería a guardar en el cajón de la cocina; no
estaban destinadas a limpiar dedos y bocas sucias. En cierto modo,
también me habría sabido mal estrujar a los angelitos en mi mano
como si fuesen mosquitos, rompiéndoles las alas, o ensuciarles el
cabello plateado con mermelada de fresa.
— Por eso tengo que salir, por lo pálido que estoy — susurró
Matthies.
Se rio y hundió el cuchillo con mucha precisión en la parte del
chocolate blanco del tarro de Duo Penotti para no rozar siquiera la
parte marrón. Solo comíamos Duo Penotti en vacaciones. Llevábamos días esperándolo y, cuando empezaron las vacaciones de Navidad, por fin llegó nuestra hora: el mejor momento era cuando
madre retiraba el papelito protector y los restos de cola de los bordes y nos enseñaba las manchas marrones y blancas, como el pelaje inimitable de un ternero recién nacido. El que había sacado las
mejores notas aquella semana podía servirse primero; yo siempre
era la última.
Me balanceaba sobre mi silla, los dedos de mis pies todavía no
alcanzaban el suelo. Habría querido retenerlos a todos en casa, repartirlos como lonchas de mortadela por la granja. En la última
tutoría, el maestro de quinto curso había dicho que los pingüinos
del Polo Sur a veces salen a pescar y nunca regresan. Y aunque no
vivíamos en el Polo Sur, hacía frío. Tanto que el lago se había helado y también los abrevaderos de las vacas.
Cada uno de nosotros tenía dos bolsas para congelados de color azul claro al lado de los platos. Levanté una y miré a madre con
expresión interrogativa.
— Es para que os las pongáis por encima de los calcetines
— dijo con una sonrisa que formaba hoyuelos en sus mejillas — .
Así estaréis calentitos y además no os mojaréis los pies.
Mientras tanto, iba preparando el desayuno de padre, que estaba ayudando a parir a una de las vacas; después de cada rebanada,
madre limpiaba el cuchillo con el pulgar y el índice. La mantequilla
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se le quedaba en las puntas de los dedos, y luego se la quitaba con el
lado romo del cuchillo. Seguramente padre estaría sentado en un
taburete de ordeñar, al lado de la vaca para recogerle el calostro, con
una nube humeante sobre la cabeza, mezcla de su aliento y del humo
del cigarrillo. Me llamó la atención que no hubiese bolsas para congelar al lado del plato de padre, tal vez era porque tenía los pies demasiado grandes, en particular el izquierdo, que estaba un poco
deformado por culpa de un accidente que tuvo con una cosechadora a los veinte años. Al lado de madre, sobre la mesa, estaba el catador que usaba para probar los quesos que hacía por la mañana. Antes de empezar a cortarlos, hundía el catador en el centro de la capa
de plástico, daba dos vueltas, lo sacaba poco a poco y se comía lentamente un trozo de queso con comino, mirando al infinito, como
si fuera el pan blanco de la Santa Cena en la iglesia. En una ocasión,
Obbe bromeó diciendo que el cuerpo de Cristo también estaba hecho de queso y que por eso solo podíamos hacernos dos rebanadas
de pan con queso al día, porque si no, nos lo acabaríamos demasiado pronto.
Después de que madre recitara la plegaria matutina y diese
las gracias a Dios «por las penurias y la abundancia; porque mientras muchos comen el pan del dolor, para nosotros tienes clemencia y sustento», Matthies empujó su silla hacia atrás, se colgó los patines negros del cuello y se metió en el bolsillo las
tarjetas de Navidad que madre le había pedido que dejase en los
buzones de algunos de nuestros conocidos. Matthies ya había
estado en el lago otras veces, participaba junto a un par de amigos suyos en la vuelta al pólder: una carrera de treinta kilómetros en la que el vencedor se llevaba un panecillo de cebolla con
mostaza y una medalla dorada con el año 2000 grabado en una
de sus caras. Me habría gustado ponerle una bolsa para congelar
en la cabeza, así no pasaría frío, y apretar bien el cierre hermético alrededor del cuello. Me alborotó el pelo con la mano, yo volví a alisarlo enseguida y me sacudí unas migas del pijama. Matthies siempre se peinaba el pelo con la raya en medio, y se ponía
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laca en los mechones de la frente, que parecían las virutas de
mantequilla que mamá servía en un platillo en Navidad; comer
la mantequilla directamente de la terrina no le parecía adecuado
en los días festivos, eso ya lo hacíamos todos los días, y el nacimiento de Jesús no era un día cualquiera, por mucho que se repitiese todos los años y que muriese una y otra vez por nuestros
pecados; detalle que a mí se me antojaba un poco raro y que a
menudo me hacía preguntarme si se les habría olvidado que el
pobre hombre llevaba ya mucho tiempo muerto. Pero yo sabía
que era mejor no decir nada, porque entonces no nos darían rosquillas y nadie explicaría la historia de los tres reyes de Oriente y
de la estrella que les mostró el camino. Matthies fue a la sala a
comprobar su peinado ante el espejo, aunque eso provocó que
los mechones se le quedasen tiesos de frío y se le aplastasen contra la frente.
— ¿Puedo ir contigo? — le pregunté.
Padre había sacado mis patines de madera del desván y me
había atado las cintas de cuero marrón a los zapatos. Yo ya llevaba
un par de días yendo en patines por la granja, con las manos a la
espalda y protectores en las cuchillas para no dejar demasiadas
marcas en la moqueta y que madre no tuviese que borrar con el
cabezal plano de la aspiradora aquellas marcas que evidenciaban
mis anhelos por participar en la vuelta al pólder. Tenía las pantorrillas duras. Había practicado tanto que ya podía patinar sin apoyarme en la silla plegable.
— No, no puede ser — dijo Matthies. Y luego, en voz más baja,
para que solo yo pudiera oírlo — : Es que vamos a cruzar hasta la
otra orilla.
— Yo también quiero cruzar a la otra orilla — susurré.
— Cuando seas mayor te llevaré conmigo.
Se encasquetó el gorro de lana y sonrió, enseñándome los
brackets con gomas elásticas azules colocadas en zigzag.
— Volveré antes de que oscurezca — le dijo a madre a voz en
grito.
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En el umbral de la puerta se dio la vuelta una última vez y me
saludó con la mano, una escena que más adelante me repetiría
mentalmente hasta que su brazo dejó de levantarse y ya no supe
con certeza si realmente nos despedimos.

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